Socorro Venegas es fuerte y contundente y se dedica a las letras en cuerpo y alma. Es titular de la Dirección de Publicaciones y Fomento Editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ganadora del Premio Nacional de Novela Carlos Fuentes 2004, recibió mención honorífica en el Sor Juana Inés de la Cruz en 2010, en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara. Becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Centro Mexicano de Escritores, también fue seleccionada en un intercambio artístico para una residencia en el Writer’s Room de Nueva York. Hoy por hoy, en esta plática, sentada en el viejo sofá de mi casa, Socorro responde con la voz clara y fuerte que le dan sus múltiples triunfos. Por alguna razón misteriosa, su presencia me recuerda la de mi gran amiga Margarita García Flores, quien murió antes de tiempo, pero dejó su impronta en la Gaceta Universitaria y en la devoción que le guardamos Carlos Monsiváis y yo y muchos escritores más. Ahora sólo quedo yo, a punto de cumplir 92 años.

–La novela que se está editando ahora en España se titula La noche será negra y blanca, que publiqué por primera vez en ERA en 2009. Es una historia que trabajé en el Centro Mexicano de Escritores con Alí Chumacero y Carlos Montemayor durante un año, pero como no tenía confianza en lo escrito, la guardé. Un día, Daniel Sada ofreció leerla y me advirtió que iba a tardar, porque tenía muchas lecturas pendientes. A los dos días me llamó. La había leído en una sola sentada; le gustó mucho y creía que era el momento de publicarla.

–¡Qué padre!

–Fue una gran alegría, y me propuso llevarla a la editorial ERA, que buscó un coeditor, y la UNAM se interesó. Mi obra tuvo repercusiones muy favorables en mi ánimo. Tuvo críticas y reseñas muy bonitas. Recuerdo la de Sergio González Rodríguez, quien sentenció: Es un libro llamado a perdurar. Extraño mucho a Sergio, porque fue muy generoso: cosa que yo escribía, cosa que elogiaba.

–Tengo muy presente, Socorro, el dramático secuestro de Sergio González Rodríguez, y recuerdo que hablaba de él con frecuencia; nunca se recuperó…

–Sergio tuvo muchas secuelas de la golpiza que le dieron. La suya fue una vida dura.

(Las dos guardamos silencio, quizás unidas por una oración callada.)

–¿Y tu libro La noche será negra y blanca?

–La editorial mandó mi primera novela al Premio Sor Juana de la FIL Guadalajara y no ganó, perome dijeron que era la primera vez que el jurado otorgaba una mención honorífica.

“Tuvo un camino bonito y logré que la editorial ERA liberara los derechos para publicarla en otros países. En México ya no hay ejemplares. Ahora que se vence el contrato sería interesante reditarla. Hubo mucho interés en España, y en Argentina apostaron por ella.

“En ese libro, yo estaba buscando a mi padre; tiene un componente autobiográfico muy fuerte basado en la muerte de mi hermano pequeño. Encontrarlo a él y explicar mi vida fue mi búsqueda en esa época; exploré el alcoholismo de mi padre, traté de comprender el mundo en el que había necesitado refugiarse, el hundimiento de una familia por la muerte de un niño y lo que significa la muerte para quienes nos quedamos viviendo esa pérdida. Yo tenía 11 años cuando murió mi hermano, a los nueve; no cuento la historia tal como ocurrió, sino que profundizo en la dolorosa experiencia de esa pérdida y le doy una resignificación. Tuve muy claro que yo escribía una novela, no una crónica ni un recuento; fue muy importante el trabajo que hice con Carlos Montemayor en el Centro Mexicano de Escritores…”

–¿Se ocupó personalmente de tu obra?

–Sí, trabajamos con mucho rigor, las sesiones eran cada semana; yo vivía en Cuernavaca y venía como una peregrina a ver qué iba pasando con mi libro, a ver cómo era leído; fui muy afortunada porque a veces a mis compañeros les iba muy mal, la crítica era muy fuerte, muy rigurosa, muy dura, y yo trabajé muy bien con Montemayor, no tuve nunca que rehacer algo fundamental; mi escritura iba fluyendo muy bien. Me he sentido siempre muy agradecida por todo lo que aprendí con él.

–Además de Montemayor, ¿no fue Alí Chumacero un lector crítico y muy atento?

–A Chumacero le aprendí mucho del uso del lenguaje, porque siempre he sido muy lectora de poesía, me gusta muchísimo, y siento que me ha formado, quizá más que la prosa, y Alí era un maestro del lenguaje. Fue muy rico aprender de él Nunca pude imaginar, en esa época, que yo un día editaría libros en la UNAM, eso ha sido un arco de tiempo feliz y totalmente inesperado.

Nací en San Luis Potosí. Amparo Dávila vivió ahí una buena época de su vida. Me contó que allá conoció a Alfonso Reyes y él la llamó para convertirla en su secretaria.

–Qué bueno que hablas de Amparo Dávila, porque para mí fue un personaje muy especial. Me explicaba que ya no podía conducir porque su automóvil tenía vida propia y la llevaba adonde él quería. ¡Pero, Amparo, tú eres la que tiene las manos sobre el volante! No, Elena, el coche me lleva adonde se le antoja. Amparo Dávila se casó con el pintor Pedro Coronel, alto y fortachón, y ella era muy pequeña, parecía un pececito adherido al lomo de una ballena inmensa y enojona a la que se le resbalaría cualquier arpón. Echa a correr y déjalo, le aconsejé, y ella me respondió: No puedo, porque lo quiero y tenemos dos hijas.

–A Jaina –me explica Socorro– la conozco bien porque trabajé de editora en el FCE y ahí hicimos un libro de cuentos de Amparo Dávila, su madre; fue una edición ilustrada. Todavía alcanzó Amparo a hacer la selección de sus relatos. Ya estaba muy mayor, pero muy lúcida. Murió casi a los 90 años.

–Socorro, La Cultura en México dedicó uno de sus números a cuatro escritoras mexicanas: Guadalupe Dueñas, Emma Godoy, Carmen Rosenzweig (a quien entrevisté con mucho cariño) y Amparo, que apareció con un peinado como María Félix, a diferencia de Emma Godoy, que me regaló un ovalito todo arrugado de su bello rostro. Volvamos a tu obra, Socorro, porque me haces pensar que, a diferencia tuya, nunca he escrito nada sobre las cosas graves que me han sucedido…

–Mi segunda novela se llama Vestido de novia, y tiene que ver con mi experiencia con la viudez, porque quedé viuda a los 26 años. Tusquets la publicó. En ella exploro otros temas que no pueden llamarse autobiográficos ni autoficción, pero en mi Vestido de novia está todo lo que aprendí a la fuerza con la muerte repentina de un esposo por un aneurisma, a diferencia de lo que viví de niña con mi hermano, quien estuvo muy enfermo durante cinco de los nueve años que vivió. Mi marido murió súbitamente. Trabajé estas dos experiencias vitales tanto en mis novelas como en cuentos publicados en España, en la editorial Páginas de Espuma. La memoria donde ardía, el primer libro de cuentos, tuvo tan buena respuesta que hizo que el editor de Contraseña publicara mi La noche será negra y blanca y Vestido de novia, que ya había lanzado Tusquets, así como La parte maldita, título de Georges Bataille. En Argentina, Dolores Reyes hizo una lectura muy fina de mi novela: habla del padre como un ser al que constantemente buscamos las mujeres en América Latina, mientras nuestra madre es nuestra propia escritura. En La noche será negra y blanca hay un personaje, una joven que intenta comprender a su padre y al mismo tiempo decide su vocación de escritora. Hay otro personaje que es un escritor inspirado un poco en Ricardo Garibay, mi amigo y mi maestro.

–Tenía una voz muy poderosa.

–A Ricardo Garibay lo conocí ya muy mayor en Cuernavaca y enfermo de cáncer. Ése gran personaje leía en voz alta todos los días y hablaba muy bien; me dio consejos muy importantes y tomé lo que quise de sus recomendaciones. Sabía que muchos miembros de la comunidad literaria lo criticaban y tenía una frase que recupero en mi novela: No me desprecian, yo los desprecio.

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