Murió un gigante. No medía más de 1.70, pero su estatura corresponde a la de Karajan, Bernstein, Furtwängler y otros personajes que desde el podio cambiaron el curso de la historia. Seiji Ozawa expiró en su casa en Tokio el martes 6, a los 88 años, pero la noticia fue hecha pública apenas ayer por su familia, a través de la cadena pública japonesa NHK y una vez que terminaron los rituales funerarios realizados en la intimidad.

La manera en que Seiji Ozawa revolucionó la historia de la música es la de un poliedro activado desde el budismo zen: la administración de la energía física, mental y espiritual para lograr estados de euforia por igual que reflexión; su decidida apuesta por la música contemporánea para dar a conocer a autores que de otra manera seguirían en el umbral; su amor por el conocimiento y los demás lo hizo profesor, guía y fundador de festivales, concursos y actos culturales que formaron nuevos públicos.

Su fama se debe a la cantidad exorbitante de discos que grabó con distintas orquestas y disqueras.

Su estilo de dirección orquestal fue único e hizo escuela: sobre el podio era un tigre oriental. Clavaba la mirada en el infinito y movía los dedos de la misma forma en que hacen los guerreros sagrados shaolin. Su melena de león fue haciéndose blanca con el tiempo, no así su energía, que administraba como hacen los monjes del budismo zen.

Nació en 1935 en Manchuria, región china ocupada por Japón, pero la familia se mudó a Tokio 11 años después. Toda su vida, Ozawa se conservó japonés. Trabajaba en Boston y volaba cada semana a Japón, donde estaba su familia.

El último concierto de su vida lo dio en Japón, el 22 de noviembre de 2022 con la Orquesta Saito, que él fundó.

Seis años antes, su entrañable amigo Zubin Mehta lo reivindicó en un acto público del que hay constancia en YouTube. En medio de rumores de que Seiji padecía Alzheimer, su amigo Zubin lo subió el podio sorpresivamente al final de un concierto.

Seiji Ozawa murió en Tokio el pasado martes, a los 88 años, pero su familia hizo pública la noticia ayer. En la imagen, el director de orquesta captado en 1983. Foto Akira Kinoshita

La escena pinta de cuerpo entero a Seiji Ozawa: la orquesta comienza a sonar, activada por ellos dos, sentados en el quicio del podio, balanceando sus cuerpos, Zubin como divinidad de India, Seiji como esbeltísimo Buda, se levantan unos centímetros, se vuelven a sentar y cuando están ambos de pie, Seiji baila como niño, Zubin le entrega la batuta, pero a los tres compases la recibe de regreso y ambos dirigen a la orquesta con movimientos diferentes, pero compases simultáneos. El sonido más hermoso: la sonrisa de ellos dos.

Ese estilo juguetón de dirigir distinguió a Seiji Ozawa toda su vida. Así creó su leyenda: explosiones, incandescencias, intensidades, y también intimidades. Lo suyo fue la creación de experiencias colectivas convertidas en actos de intimidad, tanto en sus conciertos como en sus discos.

Se hizo gran amigo de Olivier Messiaen y de Gyorgy Ligeti, dos gigantes de la composición en toda la historia y su número de amigos compositores se hizo tan extenso como el número de partituras que encargó, estrenó y grabó: 44 nuevas obras, entre ellas dos óperas monumentales de Messiaen y de Ligeti.

Hay un libro que recoge su amor, ideas, reflexiones, hipótesis y certezas, se titula Música, sólo música (editorial Tusquets), que escribió el gran melómano Haruki Murakami en 2011, luego de muchas tardes que pasaron juntos en casa del escritor, realizando un ritual que hoy está en vías de extinción y que consiste en poner un disco en el tornamesas y sentarse a escuchar y luego dialogar.

Esos diálogos entre Murakami y Ozawa, quienes firmaron juntos el libro resultante, versaron sobre las obras monumentales de Mahler, la genialidad de Glenn Gould y las sinfonías de Brahms y Beethoven.

La orquesta de Seiji Ozawa fue la Sinfónica de Boston, a la que dirigió durante 29 años para luego ser titular un decenio de la ópera de Viena.

Al conocer la noticia de su muerte, el mundo observa cómo la estatura de Seiji Ozawa toma su dimensión real: ya no mide 170 centímetros. Su condición de gigante se ha vuelto ahora inmortal.

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