El fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, quien anunció su retiro hace unos días, sostuvo que sólo hace las historias en las que cree, lo que las convierte en reales, le producen un gran placer y le permiten conseguir paz para sí mismo, difundió la televisora catarí Al Jazeera.

En entrevista con ese medio, relató la dureza del solitario trabajo para un fotógrafo como él. En los más de 130 países que visitó hubo momentos en que puse mis cámaras en el suelo y me senté a llorar por hacer cosas tan duras y tomar las decisiones de capturar una imagen o no.

Salgado (Minas Gerais, Brasil, 1944) mencionó que cada uno de nosotros tiene una línea ética y debemos permanecer estrictamente dentro de ella. Muchas fotos que tomé me hicieron sentir igual que un niño recién nacido, pero era necesario verlas para que juntos no permitamos que pasen más de las cosas que vi, porque era demasiado.

A principios de mes, The Guardian reportó que Salgado había decidido retirarse, luego de cumplir 80 años y haber documentado guerras, revoluciones, golpes de Estado y crisis humanitarias, así como algunos de los sitios más vírgenes del planeta.

Al diario británico le dijo: Sé que no viviré mucho más, pero no quiero vivir mucho más. He vivido tanto y he visto tantas cosas. En el presente se dedica a editar su monumental archivo, que desde hace más de una década contaba ya con unas 500 mil obras.

El artista participará en abril en la exposición Sony World Photography Awards 2024, en Londres, luego colaborará con el Museo Wende, en Los Ángeles, en un proyecto sobre la industria en la Unión Soviética, mientras en el Museo de la Imagen y el Sonido de Sao Paulo desarrollará una muestra de sus primeras fotografías.

El trabajo del fotorreportero ha captado desde la terrible situación de los trabajadores de las minas de oro de Mina Pelada en Brasil, hasta hambrunas africanas y el genocidio de Ruanda, así como la urgente conservación de la vida de las comunidades indígenas. En su obra ha hecho patente la resistencia humana, la fragilidad y el mundo natural, con imágenes que sobrepasan la documentación para erigirse en un compendio de la humanidad y de la belleza del mundo.

“Mi compromiso en la fotografía está completamente vinculado con mi momento histórico. Lo crucé con una visión, herencia de mi padre y mi madre, las luces que vienen de estas áreas, estas colinas –yo crecí en esta tierra–, y la información que tengo de la sociedad brasileña; con mis estudios y mi activismo estudiantil de izquierda. Todo esto me condujo al lenguaje de mi fotografía”, dijo en la entrevista publicada el pasado 18 de febrero por Al Jazeera.

En la conversación con Teresa Bo, Salgado lamentó su exilio cuando tenía unos 25 años por la dictadura que gobernaba su país. “Fue necesario adaptarme a otra forma de vida en otro clima. Los primeros seis meses enfermé. Tuve una especie de depresión. La verdadera inteligencia del ser humano es la capacidad de adaptación a cualquier tipo de circunstancia. Vi esto fotografiando personas a su llegada a los campos de refugio, luego de un mes de dejar sus hogares, su modo de vida y enfrentar muchas dificultades. Eso me hizo adaptarme.

Hoy, 50 años después, soy todavía un migrante. Vivo en París, amo Francia, pero voy alrededor del planeta. He ido a más de 130 países y esto me ha permitido entender el asunto de la migración. Hice enormes historias acerca de migrantes y, en realidad, fue mi historia la que estaba capturando.

Recordó que dos de los momentos más difíciles en su trabajo fueron los genocidios en Ruanda y en la ex Yugoslavia, donde vio el peor comportamiento de mi especie. Estaba terriblemente decepcionado de ser parte de ella. Me sentí enfermo con estas historias. Yo no estaba haciendo la historia de la guerra en esos lugares, sino el relato del desplazamiento de la población, sobre refugiados y migrantes, pero fue atroz para mí.

Salgado se refirió a su otro gran proyecto personal, que comparte con su esposa, Lélia Deluiz Wanick: la defensa medioambiental. Fundó el Instituto Terra y publicó Génesis, libro en el que plasma su amor por el planeta. Cuando sus padres le dieron tierras, junto con sus hermanas, empezamos a sembrar un bosque.

Tras 25 años el espacio se convirtió en un triunfo ecológico, pues en 2 mil 500 kilómetros cuadrados de tierra sembraron unos 3 millones de árboles, que restauraron la biodiversidad natural de la región. Ahora Juliano Salgado asumió el legado de sus padres y se dedica a expandir ese sueño.

Salgado advirtió: Si ahora no protegemos el medio ambiente, estaremos en una situación muy complicada. Estamos en peligro de desaparecer. Probablemente somos la especie más amenazada en el planeta. La humanidad tiene un modelo de vida enteramente basado en la huella de carbono. El camino para revertirlo es plantar árboles.

Relató que han gastado alrededor de 25 millones de dólares para reforestar el espacio, poco dinero en comparación con lo que se gas-ta en construir y equipar un avión F16 estadunidense de unos 150 millones de dólares.

Salgado prepara una exposición especial durante la edición 30 de la Conferencia de las Partes, que se celebrará el próximo año en Belem, Brasil, con dos centenares y medio de fotografías gigantes de su proyecto Amazonia.

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