Siempre he admirado a quienes sacan adelante su proyecto de vida a pesar de cualquier obstáculo, y el caso de los esposos Berruecos Villalobos es ejemplar. La especialista y maestra María Paz Berruecos ha dedicado su vida a quienes tienen problemas de lenguaje y nos hace partícipes de sus logros con el Instituto Mexicano de la Audición y el Lenguaje (Imal).

–Para empezar, no se sabe cuántos sordos hay en México. Casi siempre las estadísticas provienen de Estados Unidos. Aquí se hizo el primer censo de sordera dividiendo a quienes tienen problemas de laringe y de los que tienen del habla. Cuando mis padres, médicos, regresaron de Francia, nunca más se volvió a hacer una encuesta. Mi papá fue Pedro Berruecos Téllez, otorrino y audiólogo; mi madre, Paz Villalobos, cantante, médico-foniatra y pianista. Ambos decidieron atender laringe y oídos, y la producción del lenguaje. Estudiaron su especialidad en París, y a los franceses les llamó mucho la atención que dos mexicanos escogieran carreras muy nuevas y profesiones médicas que no se conocían.

“Mis papás tuvieron de maestro a Jean Tarneaud; su guía fue la primera mujer en Europa que insistió en fundar una carrera para problemas del habla, madame Borel Maisonny, quien lo logró después de la Segunda Guerra Mundial. A finales de los años 40, mis padres viajaron a Francia para aprender de ella, y volvieron a México con mucho entusiasmo, tanto, que me heredaron su amor por regresar la capacidad de oír a quienes padecen sordera. Me encantaba la posibilidad de que un niño sordo y mudo pudiera hablar, porque si no habla, no lee, y si no, lee, no escribe y, por tanto, no aprende.”

–¿La sordera propicia la falta de comunicación?

–Totalmente. Una enorme cantidad de niños sordos empezaron a llegar con mi papá. Mi mamá trató a artistas; Carlos Chávez la quería mucho. Hizo su examen de piano en el Conservatorio y fue una de las primeras en obtener su título. En su tiempo no se operaba la sordera, no se tocaban los oídos. Otros médicos empezaron a usar los instrumentos que mis padres trajeron de Europa y a mí –a los 17 años– me enviaron a hacer un examen en la Universidad de Washington para entrar a la carrera de profesora de sordos orales. Fue una gran suerte, porque mi director en el Centro Médico de esa universidad fundó el Instituto Central de la Sordera (CID, por sus siglas en inglés). Había un instituto para sordos en Masachusets y otro en Nueva York.

“Quien quedó a cargo del CID fue Max A. Goldstein, discípulo de Alejandro Graham Bell, fundador de la audiología y autor de uno de los más grandes inventos, el aparato para medir la sordera, tan importante como la electricidad o el teléfono. El doctor Goldstein estuvo presente en mi examen de titulación.

“Durante cuatro años fui responsable de nueve niñas sordas de entre 9 y 11 años, y logré sacarlas adelante. Resultó una experiencia fascinante. En esos años no había televisión. Gracias a Dios, fuimos muy creativos e hicimos un montón de juegos que estimularon a los niños, a tal grado que querían seguir jugando en su dormitorio. Trabajé en un centro muy famoso, tenía una niña de India, una de Canadá, una de Surinam, niños de Estados Unidos; fui su house mother y aprendí mucho. Tenía a mi cargo tres dormitorios con las puertas abiertas, tres niñas en cada uno; tenía que ver que se bañaran, se cortaran las uñas o yo hacerlo, realizar reportes a larga distancia y llevar a dos de ellas a misa, porque el centro tenía muchísimas criaturas judías, debido a que esa comunidad se volcó al CID.

Cuando terminé la carrera, me ofrecieron hacer la maestría en problemas del habla. Son adultos que por un tumor cerebral pierden el habla, quedan paralizados por un derrame cerebral o un disparo. Muchos venían de la guerra. Hice esa maestría con beca en Estados Unidos y para pagar mi hospedaje, trabajé en el CID, en el área médica de San Luis Misuri, dedicada a todo tipo de enfermedades.

–¿Trató a niños con problemas de tartamudez?

–Sí, que enseñarles la erre, la doble erre… todo; también están los que no aprenden a leer porque no hablan bien. Pasé siete años allá, y mis padres se fueron a fundar el Instituto de Audición y Lenguaje en Venezuela, primero en América Latina que adoptó los programas de nuestro Instituto Mexicano de Audición y Lenguaje AC (Imal), que acaba de cumplir 74 años de trabajo sin parar. ¡Ni durante la pandemia lo hicimos! En México cayó la suerte, la bendición, el destino, sabrá Dios, de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) mandara llamar a mi padre… a mi mamá la habían llamado de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés) a partir de 1951, cuando se fundó el instituto. Querían que se hiciera en México el Centro de Formación de Profesores, Médicos, Terapeutas del Habla y del Lenguaje para toda América Latina.

“La OMS y la Unesco pidieron a la Organización de Estados Americanos (OEA) que patrocinara becas de Guatemala a Argentina, porque México iba a ser el centro de formación de multiprofesionales, no solo audiólogos o cirujanos de labio y paladar hendido, y la OEA aceptó. Regresé a México a finales de 1957, y en febrero de 1958 se abrió una carrera para médicos y maestros terapeutas; las carreras variaban según la población patológica.

Se hizo muy famoso el instituto, empezaron a formarse centros parecidos en toda América Latina. A mis padres se les conoce como Mamá Paz y Papá Pedro. Ya murieron. Mi hermano Pedro también se hizo audiólogo y yo maestra de sordos.

–¿Dónde consigue el dinero el Imal para ayudar a tanta gente?

–Nuestros niños sordos no tienen becas de discapacidad porque no están en una escuela de gobierno, no tienen apoyo para comprar aparatos para sordera, que cuestan entre 50 mil y 100 mil pesos cada uno; no tienen apoyo para cambios de moldes, para descomposturas de los fierros y, encima de eso, no pueden sostener sus estudios. En el Imal no se cobraba y ahorita sólo tengo 10 niños, estamos en emergencia; máximo teníamos 60. Contábamos con un patronato, pero vino la pandemia y nos avisaron que el pobre, paupérrimo banco Santander ya no daría becas para los niños sordos, porque escogieron otros programas y mil pretextos. Por otro lado, nos suspendieron las becas de una fábrica de telas que quebró por la pandemia; además, corrieron a un papá porque se cerró la oficina donde trabajaba y se fueron a su pueblo; nosotros atendíamos a su hijo en la capital. Ha sido difícil ver que se van niños que ya hablaban y leían porque perdieron sus becas; nos sentíamos felices de la vida porque mi mamá y mi papá armaron un muy buen patronato que está desapareciendo. Ahorita nada más tenemos 10 niños que ya estaban encaminados a dos cosas importantes: que aprendan a leer los labios y a usar sus aparatos. Lo que mi papá no vio, porque murió antes, es que sí pueden operarse algunas sorderas, no todas, pero la cirugía cuesta un millón de pesos.

–¿Por qué es tan cara?

–Es muy difícil. El médico no ve el oído, cuenta con un amplificador, un aparato maravilloso, y en una pantalla, con unas pincitas que parecen agujas, va metiendo un alambrito finísimo que se llama implante coclear, que lo lleva al caracol. La de la cóclea es una operación finísima. Sólo los niños ricos podían tener implante coclear en México, pero la compañía que fabricaba esta maravilla regaló una serie de implantes a niños del Imal. Viejo, qué pena que no viste esto, solía lamentar, porque él habría estado feliz. Decía: No hay nada imposible en la ciencia.

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