Más de siglo y medio después, Giovanna d’Arco (Juana de Arco), una de las primeras y menos representadas óperas de Giuseppe Verdi (1813-1901), podrá ser apreciada nuevamente en México. Su escenificación más reciente se remonta a 1857, en el desaparecido Gran Teatro Nacional, en la capital de la República Mexicana.

Ahora, en una nueva producción, con ella se inaugura hoy la temporada 2024 de la Compañía Nacional de Ópera (CNO), como parte de las celebraciones por el 90 aniversario del Palacio de Bellas Artes, donde tendrá dos funciones más, los días 13 y 15 de febrero.

De igual manera, sirve para festejar 10 años del Estudio de la Ópera de Bellas Artes, fundado por el tenor Ramón Vargas, quien encabeza el elenco del montaje al lado de la soprano Karen Gardeazabal y el barítono rumano Mihai Damian.

La puesta en escena está a cargo de la mexicana Juliana Vanscoit y el italiano Fabiano Pietrosanti, quienes repiten como fórmula tras el éxito conseguido en mayo del año pasado en ese mismo recinto con Los pescadores de perlas, de Georges Bizet.

Según se apreció en el ensayo general, la tarde del jueves, los creadores escénicos apuestan, más que por un montaje realista o histórico, por uno de corte simbólico, poético y minimalista, con el fin de ahondar en la vida de esa legendaria guerrera, mártir y santa francesa, quien murió a los 19 años quemada en la hoguera acusada de herejía, y a la que se reconoce su papel determinante para la coronación de Carlos VII y la liberación de Francia de la dominación inglesa en el periodo final de la Guerra de los 100 Años.

Ambientada a mediados del siglo XV, aspecto sobre todo evidente en el diseño del vestuario, armas y demás utensilios, las acciones se desarrollan sobre un escenario prácticamente vacío.

De repente se observan algunos elementos escenográficos, como un par de rocas gigantes o una tarima. Fuera de eso, el principal recurso es una pantalla que ocupa toda la parte posterior del escenario, sobre la que se proyectan imágenes que ayudan a contextualizar y a ambientar las escenas, sea un enorme mapa de la Europa de aquella época, un bosque o un paisaje en cuyo fondo se ven las torres de un viejo castillo.

Mención aparte merecen las reproducciones a escala monumental de una espada y de su empuñadura, mostradas por separado, que aparecen de forma sutil, flotando en primer momento y luego colocadas en diferentes posiciones sobre el escenario, acaso con la pretensión de enfatizar que se trata de un contexto bélico.

Atmósfera renacentista

Otro elemento que sobresale es la sobria paleta utilizada por Vanscoit y Pietrasanti, a base de colores ocres que otorgan cierta sensación o apariencia de antigüedad a las imágenes, así como el delicado diseño de iluminación, en el cual se da preminencia a cierta penumbra y juegos de claroscuros, que en momentos imprimen de un toque místico a la atmósfera. Es como estar frente a pinturas renacentistas.

Estrenada en 1845, en el Teatro de la Scala, de Milán, Giovanna d’Arco es la séptima ópera de Verdi y cuenta la historia de Carlos VII, monarca de Francia, quien tras sufrir reiteradas derrotas a manos de los soldados ingleses, se encuentra con Giovanna, la hija de un pastor local, y su anhelo de convertirse en libertadora de Francia.

Es un empeño que al final consigue, no sin tener que enfrentar el repudio de su padre, quien temía que sucumbiera a la tentación del maligno y aspirara a convertirse en la amante del monarca, además de haber tenido que renunciar a su amor terrenal. El desenlace es diferente al histórico, pues en la obra Giovanna muere por una herida en batalla y no en la hoguera.

En esta producción participan, asimismo, el bajo Alejandro López y el tenor Alberto Galicia, ambos ex beneficiarios del Estudio de la Ópera de Bellas Artes, así como el Coro y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, con la dirección concertadora de Felix Krieger.

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