Atraviesan selvas, desiertos y cordilleras; son presas de la delincuencia y las migras y otros muchos obstáculos que enfrentan en su travesía hacia el norte. La fuerza e impulso que las mantiene en su propósito son sus hijos, hijas y hasta nietos. Son mujeres migrantes que cruzan varios países, lo hacen sin importar su edad ni sus dolencias y lo logran.

Alicia parecía tener todo en contra: desde su edad (82 años) hasta su precario estado de salud, pero llegó a Estados Unidos. No iba sola: la acompañaban su hijo, su nuera y su nieta.

Las adultas y adultas mayores son unas verdaderas guerreras, es la conclusión a la que ha llegado Daniela Puebla, de Casa de Acogida, Formación y Empoderamiento de la Mujer Migrante y Refugiada (Cafemin), tras 14 años de dedicarse a la atención a migrantes.

Lo confirman casos de los que se ocupó directamente, como los de las venezolanas Alicia, María y Ada, dice a este medio pocas semanas antes de conmemorarse el Día Internacional de la Mujer (8M).

Cuando emprendió el viaje, Alicia tenía demencia y artritis; María (de 64 años) migró sola, y más de una ocasión pensó que moriría en la selva del Darién, donde estuvo 10 días, y Ada, quien padecía cáncer de huesos, hizo el trayecto con muletas debido a que sus rodillas ya estaban en malas condiciones. Ella y su pareja iban a reunirse con sus hijos en Estados Unidos.

Atención a la salud

La constante en estos casos, además de buscar la reunificación familiar y mejores condiciones económicas, es contar con atención de salud, a la cual no tienen acceso en sus lugares de origen. También está el hecho de que al migrar todos los integrantes de la familia, las abuelas no pueden quedarse solas, más aún si padecen enfermedades.

“A doña Alicia no la podían dejar en Venezuela. El hijo (56) decía: ‘por mi mamá hago todo; en la selva la traje cargando en la espalda’. Ella llegó a suelo estadunidense en mayo de 2023. Vio a su familia completa, y un mes después de alcanzar su meta, murió en paz. Es de los casos de edades más altas que hemos tenido en Cafemin”. En dicho refugio, explica, se da seguimiento a la mayoría, por lo que el contacto y apoyo no termina cuando reanudan su periplo.

María Celina ha migrado tres veces en los años recientes. Salió de Venezuela a Colombia, donde trabajó un tiempo en un restaurante, y después fue a Chile. Cruzó de noche el desierto de Atacama y la cordillera de Los Andes. Llegó al norte del país sudamericano y viajó a Santiago. Allí se empleó como trabajadora del hogar por dos años, hasta diciembre pasado.

En entrevista con La Jornada cuenta que con su finiquito de mil 700 dólares se aventuró a partir a Estados Unidos, donde vive uno de sus hijos. Esta semana llegó a la Ciudad de México. Decidió dejar Chile porque ya no le alcanzaba para pagar la renta de su papá ni enviar dinero a su hija y sus cuatro nietos. Ellos aún están en Venezuela.

Agotamiento

Sabe que su hija no podría cruzar el Darién, que es la experiencia más horrible que he tenido en mis 54 años de vida. Una vez que haya alcanzado su meta, buscará el modo de llevarla en avión a Estados Unidos. Ya me siento de verdad agotada; tengo seis años trabajando duro, la edad pasa factura, pero afortunadamente, soy sana. Ahora sólo necesito descansar un poco. Sé que voy a llegar a Estados Unidos y me va a ir bien.

Su compatriota Jorlady, de 44 años, cuenta que su aliciente para continuar el trayecto es ver a su nieta, que hace poco nació en aquel país. Llevo 15 días acá y mi nieta preciosa es la fuerza que me hace que siga, y lo voy a lograr. No puedo regresar a mi país. El padre de mi hija es militar y desertó. Narra que aunque él las abandonó, a ella y a su hija las persiguieron por esa razón.

Incluso me golpearon y llegué al hospital; las autoridades me preguntaban por él, y no sabíamos nada. Duré cuatro días internada. Por eso tuvimos que salir de Venezuela hace tres años. Mi hija se fue primero y está en Estados Unidos; quedó embarazada y está sola. Pensé que iba a llegar antes de que pariera, pero ya nació mi nieta.

Cindy salió de su país (Guatemala) el 18 de noviembre pasado. A sus 53 años, fue orillada por la pobreza a migrar junto con siete familiares, entre ellos una nieta. “Veníamos en caravana. Tengo una hija en Estados Unidos, pero la detuvo la migra al sur de Houston, y no tengo información de ella”. Dice que en México la han tratado bien, pero ya no tiene dinero. Algunos se regresan por falta de recursos, y eso es lo que me está pasando a mí. Quiere laborar, es trabajadora del hogar, y si logra emplearse en México y junta dinero, continuará.

Dany (37 años), peluquera originaria de Maracaibo, halló la forma de allegarse recursos para continuar el viaje: realiza cortes de cabello y barba en un camellón en las inmediaciones de la Terminal Central del Norte. Salió de su país con su marido. Dejaron a sus cuatro hijos en Venezuela, porque no quisieron arriesgarlos al paso por el Darién.

Una vez instalados en Estados Unidos, buscarán cómo llevarlos. Descarta quedarse en México. No nos queremos quedar aquí; acá es el medio obligado para ir allá. Confía en que en Estados Unidos podrá trabajar como estilista y recomienda a sus congéneres migrantes que sigan guerreándola, no se pueden rendir. Uno sale de casa con una meta, y hay que alcanzarla.

En los rostros y cuerpos de estas migrantes se evidencia la factura que cobra el viaje. María Celina muestra una foto del día que salió de Santiago, y parece otra persona. “No me reconozco; mis nietos me dicen: ‘abuelita, envía una foto’, pero no quiero que me vean así”. Todas ellas sólo quieren llegar a Estados Unidos a trabajar para enviar dinero a sus familiares y, en un futuro cercano, encontrar la forma de llevarlos consigo y dejar atrás estos días de incertidumbre y zozobra.

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