En la explanada al aire libre –de tierra suelta– los tacones de aguja se entierran y el frío arrecia. Muchos, miles, llevan hasta 6 horas de pie, esperando, primero en la fila para entrar y después en el espacio reservado para quienes pagaron las localidades más baratas. Y Natanael Cano no aparece.

No es el público de las colonias más populares de Tijuana o Playas de Rosarito. Son veinteañeros con chamarras y tenis de marca. El prejuicio unía la cultura del narco al uso de botas picudas (o cuadradas) de piel de serpiente, camisa vaquera y cinturón piteado; aquí no encuadra. Es otra generación, un sector de la población muy joven; como cualquier chamaca, muchas chicas llevan minifaldas y shorts con pantimedias y sin ellas.

Las botas las usan ellas. Un desfile de modelos y colores, altas con cierre, cortas con tacones de 10 centímetros. Es como hacer fila con un grupo de veinteañeros que esperan ver a Shakira. Pero no, ellos esperan –no tan pacientemente– para encontrarse con Nata, como le gritan cuando aparece a las 11 de la noche con veintitantos minutos el rey de los corridos tumbados.

No son marcianos

Como señala José Manuel Valenzuela, especialista en este género musical como proceso y expresión social, quienes gustan de estos corridos no son marcianos, como piensa cierto sector intelectual, son miles de jóvenes que no se creen lo que cantan a pie juntillas, pero viven en una sociedad en la que el narcotráfico tiene una profunda inserción social.

Prohibida su presentación en Tijuana –el primero de diciembre pasado entró en vigor una regulación sobre espectáculos que penaliza la apología de la violencia–, Natanael reunió a unas 10 mil personas en una explanada polvorosa de Playas de Rosarito, municipio conurbado a Tijuana, donde cantar al consumo de polvo blanco, Amor tumbado y Pacas de billetes no es delito.

Hay que decir que el joven de 22 años recurrió a sus piezas amorosas, incluso a la interpretación de Ya te olvidé, originalmente conocida en voz de Rocío Dúrcal (autoría de El Buki) en su hora y media de concierto. Sin embargo, no dejó de lado la parafernalia de balas y pacas de billete verde que lo acompañan desde las pantallas de la gira Nata Montana.

Playas de Rosarito es el único municipio del estado que no prohibió este género, un sucedáneo de los narcocorridos y corridos alterados, un ritmo urbano que mezcla elementos del rap y el trap al tiempo que recupera el acordeón y el bajo sexto. Hay mucha hipocresía en la prohibición afirma Valenzuela, autor de Corridos tumbados, bélicos ya somos, bélicos morimos, y se pregunta por qué no prohíben la literatura que aborda temas del narco, porque los consumidores, intelectuales, creen que ellos sí tienen poder de discernimiento.

La convocatoria social sólo se explica si asumimos, dice el especialista, que las teorías de la comunicación como la de Lasswell –de la aguja hipodérmica– o de la escuela de Frankfurt sobre las industrias culturales no funcionan, que la comunicación se inscribe entre construcciones culturales y matrices de sentido; la gente deconstruye los discursos en función de su propia experiencia de vida. Para un joven cubano, una serie de narcos puede ser ciencia ficción.

Sería por la cantidad de personas congregadas en el concierto o por el controversial género musical, pero ahí estaban todos los policías de Rosarito patrullando y la Guardia Nacional con tres vehículos y los uniformados bien pertrechados no se movieron de uno de los costados de la explanada durante todo el show.

A todo pulmón

Cuando Natanael salió al escenario, el público que compró un asiento en 2 mil 616 pesos y el VIP de más de 3 mil, subió a las sillas y cantó a todo pulmón, igual que los de general, que estuvieron siempre de pie por 900 pesos. “El tema (del narcotráfico) está en todas las reflexiones artísticas; la literatura, hay instalaciones, performance, y desde ciertas subjetividades todo eso puede ser considerado como apología. Cerrar los ojos no resuelve absolutamente nada. Tenemos que colocar el acento en resolver el problema”, acotó Valenzuela.

Nadie se acordó de Peso Pluma, quien el año pasado se vio obligado a suspender una gira por México (que incluía Tijuana), cuando en la ciudad colgaron mantas amenazándolo de muerte, porque algunas de sus canciones o sus comentarios se asocian a cierto grupo criminal. Tijuana paga todos los días un tributo de sangre. Mientras miles coreaban a Natanael la noche del sábado, la noticia de un policía de la Fuerza Estatal de Seguridad asesinado como colofón de una lista diaria de 10 muertes violentas, empezaba a correr.

La vida es corta en ese mundo

No se trata de estar de acuerdo o no con lo que se canta, comentó el maestro del Colegio de la Frontera Norte (Colef) originario de Tecate, durante una entrevista con motivo del Premio Nacional de Artes y Literatura 2023. Hay que tratar de entender cuáles son los entramados culturales, qué hay detrás de los corridos tumbados; sus autores exaltan el consumo al extremo y llevan al límite los códigos de la sociedad que estamos viviendo, señaló.

“En ese mundo la vida es corta y además no importa. La sociedad en que vivimos es profundamente hipócrita cuando nos dice que el trabajo y la ética del trabajo son lo más importante, pero no importa el trabajo… lo que importa es la capacidad de consumo, de dispendio y no importa que sean personajes enriquecidos por la corrupción política o empresarial.

“Al propio Natanael Cano lo corren de la secundaria y luego su familia lo corre de su casa… para muchos jóvenes de clase media baja se ha desdibujado el escenario del futuro, viven un presente con toda intensidad… y hay que entender que para quienes construyen su vida desde ese mundo (del narco) la muerte forma parte del contrato”.

Hay muchas cosas inaceptables en estos corridos, apunta. “El machismo, la mujer trofeo, la mujer objeto, pero no es privativo de ellos… y la estética del narco no es tan distinta a la que podemos encontrar en las fotografías de Ricas y famosas (el libro de retratos de la élite mexicana de Daniela Rosell); sus recamaras con osos, leones o jirafas… es la lógica del dispendio, de la exhibición…

Todo ello en un nuevo escenario, el de las redes sociales; el corrido tumbado se articula ahí. Muchos empiezan a cantar y a bailar en Tik Tok, entran a una plataforma global y eso les da otra visibilidad, estos jóvenes tuvieron la virtud de generar una música reconocible, identificable… tú puedes prohibir que se toque, pero tienen vida propia porque están atados a la realidad social.

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