Ciudad de México. Con cinco meses de embarazo, la doctora Magdalena González Sánchez subió al volcán Sierra Negra de Puebla con un objetivo en mente: encontrar el mejor lugar para instalar en México el primer observatorio de rayos gamma, a 4 mil 100 metros sobre el nivel del mar.

Hoy recuerda aquellos momentos que sucedieron en 2005 como una anécdota de la que se siente orgullosa, pero que fue un desafío en su carrera como astrofísica no sólo porque le costó trabajo encontrar financiamiento y apoyo institucional para ese proyecto, sino porque tuvo que superar miedos e inseguridades.

González Sánchez es una de las pioneras mexicanas en el estudio de la energía más poderosa hasta ahora conocida, los rayos gamma, proveniente de estrellas que están en los confines del universo. Fundadora y responsable del observatorio HAWC (High Altitude Water Cherenkov), que hoy aloja a más de 150 investigadores de Estados Unidos y Europa, también ha colaborado y participado en descubrimientos de destellos y pulsaciones de alta energía que provienen de fuera de nuestro planeta.

En el Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), González Sánchez coordina un grupo de trabajo en esos temas, conformado por posdoctorantes y estudiantes de todos los niveles académicos, cuyos hallazgos tienen un largo camino por delante.

Encuentro con el mundo de las ciencias en la secundaria

En entrevista con La Jornada, narra que fue en la secundaria cuando descubrió el mundo de las ciencias, gracias a sus profesores que, además, trabajaban en la UNAM dando clases o como ayudantes de científicos. También tuvo oportunidad de participar en las olimpiadas de química.

Sin embargo, se recuerda como una niña temerosa de hacer ciencia, no sólo porque era algo desconocido para sus padres (su papá es abogado), sino porque en su época de juventud “se creía que para hacer ciencia se tenía que ser un Einstein, es decir un genio, y yo estaba muy lejos de considerarme así.

“Mi mamá compró una computadora, pero era de las que decían ‘no la toques porque la vas a descomponer’, pero por otro lado mi papá leía mucho y compraba revistas como Selecciones y Muy interesante, que traían artículos que me fueron abriendo la vocación.

“Cuando tuve que elegir una carrera universitaria lo que más me llamó la atención fue el reto del aprendizaje, por eso opté por física, me gustaba entender las cosas. Mi papá me dijo que me iba a morir de hambre, que estudiara otra cosa, pero le contesté: ‘no, yo quiero estudiar física’. No sabía ni por qué ni para qué, pero quería hacerlo.

“En este punto creo que me ayudó ser mujer, porque no tenía el compromiso de ser proveedor de una familia o la presión de hacer un patrimonio. Todos pensaron: ‘bueno, igual cuando te cases te van a mantener’.

Quise entrar a estudiar matemáticas, pero me dio miedo, porque ahí sí no sabía qué tenía que hacer. Entonces entré a física y en la Facultad de Ciencias mis compañeros me descubrieron que había la posibilidad de hacer posgrados.

Destaca apoyo de asesoras

Para su fortuna, Magdalena encontró el apoyo de mujeres asesoras en su camino académico, quienes la fueron guiando. Fue en el doctorado en la Universidad de Wisconsin-Madison, en Estados Unidos, cuando escuchó por primera vez hablar de los destellos de rayos gamma, relacionados con la muerte de las estrellas, y supo que eso era lo suyo.

“Fue lo más maravilloso que me ha pasado, trabajar en ese experimento que entonces era sobre un tema totalmente desconocido. Me integré a un grupo de trabajo en el que analizamos datos de los satélites de la NASA y luego con el observatorio El Milagro (en Los Álamos, Nuevo México), el antecedente a nuestro observatorio HAWC. Descubrimos un tipo de emisión de estos destellos gamma, se publicaron los resultados en Nature y comencé a recibir ofertas para quedarme a investigar en Estados Unidos.”

Pero el amor hizo que la brillante astrofísica regresara a México a hacer carrera, con el apoyo de su esposo, que también es físico. Sobre todo, encontró un aliado, no competimos, me impulsa, es superabierto.

Sin embargo, el área científica en la que ella era especialista no existía en el país, le costó encontrar trabajo. Fueron tiempos muy difíciles, pero me propuse hacer un observatorio de rayos gamma en México, para conformar la siguiente generación de investigadores. Cuando se lo dije a mis asesores, sólo se rieron de mí.

Los embarazos y posterior crianza de sus hijos no impidieron a la doctora González Sánchez subir montañas, convencer a colegas, tramitar apoyos. Recuerdo que varias veces aquí mismo, en la UNAM, estaba coordinando un congreso, y llegaba con mi bebé envuelto en un rebozo y no me dejaban pasar, no creían que fuera investigadora.

La tenacidad de la ganadora en 2011 del Premio a Jóvenes Científicas en Física y Matemáticas para la región de América Latina y el Caribe que otorgan la Organización de Mujeres en la Ciencia para el Mundo en Desarrollo (Organization of Women in Science for Developing World) y la Fundación Elsevier hizo realidad la creación de uno de los centros de investigación más prolíficos del país: el observatorio HAWC, que hoy tiene una gran solidez y experiencia en proyectos de gran complejidad, similares al del Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés) del Centro Europeo para la Investigación Nuclear (CERN, por sus siglas en francés) en Suiza, o al observatorio de rayos cósmicos Auger, en Argentina.

Respecto de sus estudiantes y colegas mujeres, Magdalena González celebra que si bien aún se desenvuelven en áreas dominadas por hombres, cada día se incrementa la presencia femenina en la astrofísica, y las chicas son más seguras. Tienen que saber que ya tenemos un camino abierto en el estudio de los rayos cósmicos, y por aquí pueden andar, pues el siguiente reto es hacer un observatorio en el hemisferio sur del planeta, concluyó.

Compartir
2024 © México Times. Reservados todos los derechos.