Madrid. La imagen más socorrida del artista de origen ruso, naturalizado francés, Marc Chagall es la de un creador onírico, de mundos fantásticos y livianos, incluso dulce y desapegado de la realidad. Sin embargo, hay otro Marc Chagall, más escondido y que ahora ve la luz con la exposición Marc Chagall: Un grito de libertad, que se inauguró en la Fundación Mapfre de Madrid y que está repleta de documentos, textos literarios, pinturas y dibujos inéditos que exploran sus conflictos interiores, incluso su angustia y desasosiego tras sufrir en carne propia dos guerras mundiales, la persecución del nazismo, su condena al exilio que lo llevó a convertirse durante un tiempo en un apátrida, además de la recurrente discriminación que sufrió tanto en su país natal como en la Europa de entreguerras por su condición de judío.

La exposición es fruto del trabajo de más de dos años en los archivos de decenas de miles de documentos y objetos de Chagall que emprendieron una de las curadoras de la muestra, la francesa Ambre Gauthier, junto con una de sus nietas y también experta en la obra del artista, Meret Meyer. Ese trabajo de investigación pretendía, en palabras de la propia Meyer, evocar dos facetas igual de importantes en su vida. En primer lugar, la pictórica, con su evolución y su preocupación por cuestiones tan graves como las que veía en los campos de exterminio, la persecución étnica y religiosa, así como la violencia extrema, pero también la otra gran ventana creativa de Chagall: la escritura de cartas a sus amigos, poemas o reflexiones literarias, a través de los que expresó sus sentimientos por todo lo que veía y padecía.

La exposición Marc Chagall: Un grito de libertad está compuesta por 160 obras y 90 documentos que recorren sus casi 100 años de vida, al nacer en Rusia en 1887 y morir en Francia en 1985, por lo que vivió en primera persona las dos guerras mundiales del siglo XX, la persecución del nazismo por su condición de judío, el exilio de su país y después el retiro de la nacionalidad francesa durante algunos años. Cuando miramos sus dibujos y los contrastamos con sus escritos, vemos una relectura completa de su obra, así como una conciencia de los campos de exterminio, un vocabulario violento contra Alemania y las deportaciones, una preocupación por la violencia del nazismo y una profunda angustia por el devenir del mundo, explicó durante la presentación la experta francesa Gauthier, quien especuló que el artista reservó su opinión política por cautela ante algunos hechos que vivió, como el yugo de la persecución, primero por ser judío y después por el recelo que provocaron en un principio sus creaciones artísticas.

Esos documentos, entre los que se encuentran poemas escritos en su idioma natal, el yidish, se mezclan algunos de sus cuadros más relevantes, como El violinista verde, gracias a un préstamo del Museo Guggenheim de Nueva York; Soledad, que pertenece al Museo de Arte de Tel Aviv, o Boceto definitivo para la paz, de una colección particular. Chagall expresó a través de estas figuras su propia condición de desarraigo y la migración que le llevó de Vitebsk (actual Bielorrusia) a San Petersburgo, Palestina, Francia o Estados Unidos (por el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la invasión alemana).

Precisamente la figura del violinista es clave en las ceremonias judías y lo representa como un ser que deambula sin rumbo fijo sobre los tejados de su ciudad natal; las crucifixiones como símbolo del sufrimiento del pueblo judío o la caída de Ícaro como metáfora de su compromiso con la igualdad y la libertad, con lo que Chagall muestra sus inquietudes políticas y el denso y complejo universo en el que vivió, explicó Gauthier.

La exhibición fue coorganizada por la Fundación Mapfre, el Museo La Piscine, en Roubaix, y el Museo Nacional de Marc Chagall, en Niza, y permanecerá en Madrid hasta el 5 de mayo.

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